Las actitudes de las personas muchas veces condicionan los resultados de sus acciones. Una persona que emprende una tarea sin convencimiento, difícilmente logrará las metas que se ha trazado.
En el Perú en los últimos años se ha producido un fenómeno de desencanto y pérdida de fe que nos ha convertido en un pueblo fatalista, altamente dependiente de los demás, siempre dispuesto a encontrar disculpas y explicaciones a su fracaso, resentido y contestario. La actitud populista de algunos gobiernos ha impuesto además una actitud pasiva, dependiente de un estado paternalista.
Esas actitudes no son propias de nuestra idiosincrasia sino más bien, producto de un trabajo político y filosófico de grupos de personas que no han tenido real confianza en las capacidades de los peruanos. Por eso, es necesario cuestionar esos patrones de conducta que afectan negativamente el destino del Perú y propiciar una nueva actitud frente a la vida.
Los social cristianos debemos liderar una actitud diferente, cuyas principales manifestaciones deben ser las siguientes:
a) La responsabilidad individual y colectiva como base del progreso
Nuestra convicción humanista nos lleva a considerar que el progreso es consecuencia del esfuerzo personal y colectivo, fruto del ejercicio responsable de la libertad individual.
El sistema económico y el sistema político deben sustentarse en la responsabilidad individual y colectiva. El gran desafío es forjar una Nación con oportunidades para todos, para permitir que en ella, fluya el máximo de las capacidades y potencialidades de cada cual.
La participación activa de las personas en los organismos intermedios es una forma de compartir las responsabilidades en el quehacer colectivo. Si cada cual, desde la familia cumple con el deber que le es propio, al Estado le quedan reservadas las tareas que le son inherentes en virtud del principio de suplencia. Se hará así realidad nuestra máxima “tanta libertad como sea posible, tanto Estado como sea necesario”.
Igual ocurre con la democracia. Este es el sistema político que permite el funcionamiento más fluido de la sociedad, porque recurre al ciudadano para que defina sus puntos de vista, fundamentalmente a través de los procesos electorales. La entrega de poder a través del voto, no puede ser un acto ciego e irresponsable. Necesita de la madurez de ciudadanos que entregan parte de su libertad para que otro, en su nombre gobierne. A su vez, el ejercicio del poder reclama límites y una actitud ética que nace de la responsabilidad de los elegidos.
El cumplimiento de la ley y de los deberes ciudadanos es una actitud que permite el real funcionamiento de un Estado de Derecho. La percepción que las personas somos sólo titulares de derechos pero no de deberes, debilita nuestro sistema político. La autoridad es legítima cuando, en el marco de la ley, impone disciplina y respeto. La democracia no significa debilidad ni desorden.
La democracia necesita instituciones, que cumplan sus responsabilidades y funciones. La partidarización de los entes estatales en cualquier nivel es una desnaturalización de los mismos. Los social cristianos aspiramos al poder para servir y no para servirnos de él.
El populismo de Estado, es decir, el uso irresponsable de los escasos recursos públicos con fines electorales o de clientelismo político es un vicio que hay que erradicar en la sociedad. Los recursos estatales, siempre pequeños deben ser usados con transparencia y eficiencia, estableciendo nítidamente las prioridades y descartando otro destino.
Finalmente, no hay democracia sin pleno respeto a las libertades de opinión y expresión que garantizan el pluralismo. Estas a su vez deben ser ejercidas con responsabilidad y apego a la verdad. Ser demócrata significa aceptar la crítica y el halago con igual modestia. Ser social cristiano supone aceptar la crítica con gratitud y el halago con modestia.
b) El amor como doctrina o como negación de la violencia.
Vivir en paz y armonía significa amar, es decir, expresar sin vergüenza un sentimiento que es natural al ser humano. Amar es ser tolerante y ser caritativo, es apreciar las virtudes de los demás y ser respetuoso de los defectos. Más aún, es querer el bien de los demás.
La violencia que se vive en nuestra sociedad y que se expresa en diversos ámbitos de nuestra vida, comenzando, lamentablemente desde el hogar, se origina en actitudes equivocadas que hay que erradicar. La admiración de la fuerza bruta, el abuso del poder económico, el resentimiento de los marginados o la difusión de políticas colectivistas que pretenden justificar la violencia por razones “estructurales”, como si pudieran existir factores externos que condicionen o desnaturalicen a cada ser.
Se confunde violencia con energía; autoridad con prepotencia; firmeza con intolerancia.
Los social cristianos vamos a recuperar para la convivencia, los valores esenciales de la doctrina cristiana como el amor, la piedad y la caridad. Pero vamos además, a recuperar el legítimo ejercicio de la autoridad como un modo de servicio y realización del bien común.
Es más fuerte aquel que puede ejercer su poder, si lo utiliza para ayudar a su prójimo y no para someterlo, y es más lúcido el que enseña que el que impone.
El cambio de esta actitud es tarea de todos, es un proceso de autoconvencimiento y de difusión, es una tarea larga pero esencial para la sociedad.
Para los social cristianos lograr este cambio de actitud entre nuestros compatriotas es una tarea larga, dura y sacrificada que exige constancia y humildad.
c) El reconocimiento del éxito como valor de conducta o la negación de la envidia.
El ser humano se esfuerza y trabaja no sólo por una retribución económica, sino también por el reconocimiento a su esfuerzo. La persona requiere ser reconocida por sus semejantes, requiere del halago y del aliento, especialmente en momentos de dificultad.
En el Perú se ha generado una actitud conformista, cuando no de negación del éxito. Las personas exitosas son normalmente objeto de crítica, murmuración y duda respecto de las razones que las impulsaron a triunfar. Pareciera que la sociedad en su conjunto quisiera igualarse hacia abajo.
Los socialcristianos por ello, debemos convencer a nuestro pueblo de la necesidad de asumir una actitud positiva frente a la vida, basada en el aliento al que se esfuerza, en el aplauso y reconocimiento espiritual y material al que triunfa y en el deseo de igualar a la sociedad en los más altos estándares.
El mensaje social cristiano impone la urgencia del reconocimiento social al éxito, en todos los campos. Creemos en un país de propietarios, o sea, en el que por el esfuerzo individual se haya capitalizado el país, en la productividad del trabajador, en la competitividad de las empresas, en el premio a la reinversión y el ahorro, en el impulso a la iniciativa empresarial, especialmente a través de las pequeñas y medianas empresas. Creemos en una cultura del triunfo y en la alegría del éxito.
d) El optimismo como catalizador del cambio o la negación del pesimismo.
Lo primero que se requiere para triunfar es querer triunfar. Jesús dijo que la “fe mueve montañas”. Es por ello que un pueblo agobiado por sus problemas tiene que buscar al interior de su riqueza espiritual, el valor de su historia y sus tradiciones y generar confianza en sí mismo para remontar las dificultades, por duras que sean.
Los medios de comunicación masiva son fundamentales para proponer el tipo de liderazgo que guíe la conducta ciudadana. Una visión fatalista de la vida o estereotipos equivocados, transmiten una perspectiva negativa y eliminan la perspectiva de futuro.
Por el contrario, rescatar la alegría como forma de convivencia y una visión compartida de una opción que supere las dificultades inmediatas, es el tipo de liderazgo que los social cristianos debemos ejercer.
Muchos social cristianos en el Perú comparten nuestras ideas, y no necesariamente se encuentran identificados con opciones políticas y partidarias, y esto es natural porque el social cristianismo es mucho más que una posición política, es un sentimiento, una manera de ver la vida que compartimos, en nuestro concepto la mayoría de los peruanos.
El llamado al optimismo es un llamado al cambio, a la recuperación de la fe en nosotros, en nuestra capacidad de crear, en nuestra capacidad de cambiar y lo que es más importante, en nuestra capacidad de dar.
e) La concertación como método alternativo a la confrontación.
La doctrina social cristiana promueve la armonía y el esfuerzo conjunto. En base a la solidaridad ciudadana, promueve la concertación, esto es, el acuerdo entre los distintos integrantes de la sociedad. En el área de la empresa económica busca maximizar la producción de bienes y servicios y a la vez una justa retribución de los factores de la producción: el capital, el trabajo y la tecnología.
Concibe por ello a la empresa, como un centro de relaciones interpersonales en la que se debe garantizar al trabajador el justo reconocimiento a su trabajo a través del salario y condiciones dignas de trabajo y al empresario el reconocimiento a la utilidad que retribuye los riesgos que asume en su rol promotor.
Los social cristianos promovemos la movilidad social y el progreso económico. Consideramos que el primer instrumento para lograrlos es la educación, que está en la esencia de la igualdad de oportunidades. Pero a su vez, creemos que la generación de riqueza producida individualmente contribuye a mejorar la satisfacción de necesidades del conjunto de la sociedad. Así, por ejemplo, cuando un individuo genera valor agregado en un bien, convirtiendo en productiva una tierra eriaza o constituyendo un negocio, aumenta la disponibilidad social de los bienes y servicios y en consecuencia, contribuye a satisfacer de mejor manera las necesidades de la población.
En el campo social, aspiramos a la formación de una Nación integrada, que respetando las identidades culturales y las tradiciones locales de nuestro pueblo, tenga sin embargo, un derrotero común.
En lo político, respetando las diferencias y la pluralidad de opciones somos partidarios de una visión compartida de Políticas de Estado, que trascendiendo la coyuntura sean capaces de comprometer al conjunto de los actores políticos en un proyecto nacional común, consistente y de largo plazo.
f) La solidaridad como respuesta a la indiferencia.
El ser humano requiere vivir en sociedad y para ello, todos y cada uno de los seres humanos tiene derecho a condiciones básicas que permitan que su existencia transcurra con decoro y dignidad.
El funcionamiento de una economía basada sólo en la competencia da lugar a que un conjunto de individuos cuente con recursos suficientes, pero deja postergados a otros que no son capaces de obtener los requerimientos mínimos para subsistir. Ante tal situación, los social cristianos promovemos la solidaridad con los menos favorecidos, a fin que los primeros transfieran a los segundos parte de sus excedentes, sea directamente o a través del Estado. A éste le corresponde efectuar la redistribución a través de la inversión social, que debe estar dirigida y priorizada en quienes más lo necesiten, sin buscar contraprestación paralela.